La Voz de la Sierra

Domingo, 22 de Octubre de 2017

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Si Dios fuera torero, se llamaría José Tomás

Un artículo de Matías Antolín, periodista y escritor.

2015-04-28
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Comento con Nacho y Alfredo en “La Santina” (el mejor restaurante de Galapagar) que no he visto torear a Curro Cúchares; tampoco a Lagartijo y Frascuelo o a Machaquito y Bombita. Ni siquiera a Juan Belmonte o Joselito, pero visto José Tomás, visto todo. Este torero, de obligada analogía con el estoico “Manolete”, me ha regalado durante casi dos décadas prodigiosas faenas que guardaré en la alacena de mi corazón, y que jamás arrastrarán las obstinadas mulillas del olvido. Sabe mi buen amigo, el padre de José Tomás, que soy cabezón y no humillo ni en el descabello; que ando galleando por palentinas y galimatías creyendo que son navarras y gaoneras. No sé abrir el compás, menos templar la voz de tinta, pero me apasiona José Tomás. Para capear mi pasión por este torero tendré que tener mano izquierda. Voy a intentar cruzarme con mi adjetivo, no quiero escribir como los que lo hacen con el pico de la muleta arrugada de tópicos. Si Pepe Luis Vázquez fue conocido como el Sócrates de San Bernardo y Juan Belmonte como el Pasmo de Triana, José Tomás es el Sócrates de Nimes, el Pasmo de Galapagar y el Príncipe de Aguascalientes, donde toreará el próximo 2 de mayo;(en esta ocasión no podré asistir, porque habré vuelto a lidiar opiniones en “La mañana” de TVE).

Sangre mexicana

Como en “Las Terrazas” de Becerril (mi restaurante favorito) con dos buenos amigos Angela y Hugo. Les cuento que el mismo día que José Tomás era corneado de gravedad en México, la persona que más quise, mi esposa Ingrid, recibía la noticia de que tenía un cáncer (acabó matándola en unos meses). Plaza de Aguascalientes (México). Segundo toro. “Navegante”. José Tomás cambió de mano la muleta, pero no se movió. Eran las tres menos cinco de la madrugada (hora española) del domingo 25 de abril de 2010 cuando el astifino pitón zurdo intentó arrancarle la vida penetrando en el muslo izquierdo del torero. Los altavoces de la Monumental de Aguascalientes solicitaban sangre O Rh negativo para salvar la vida del torero más torero. El año anterior a su gravísima cornada estuve viendo torear al maestro en Aguascalientes. Viajé a México con su padre y con buenos amigos como Carlos Julio López y César Fernández. Pasamos juntos una semana inolvidable. Durante quince años siguiéndole en todas las plazas del mundo, con ese temple magistral, con ese majestuoso desdén por el peligro, he masticado la tragedia, vivido la angustia, respirado emoción. Admiro y quiero al primogénito de Isabel Martín, ese ilustre hijo predilecto de Galapagar que lleva sangre mexicana en las venas. México le vio nacer como torero y en México ha tenido que dar dos capotazos a la muerte. El de Aguascalientes y el que sufrió hace más de quince años en Autlán de la Grana. José Tomás es un ser humano excepcional, tímido, generoso, educado, sensible, sentimental, rebelde, romántico…Una gran persona y, en mi opinión, el mejor torero de todos los tiempos. De su abuelo Celestino Román aprendió a soñar lo que es y no a ser lo que sueña.

La epopeya de Nimes

….A veces tengo envidia de mí, por haber estado en Nimes aquel día mágico para la historia del toreo. 16 de septiembre 2012. El Emperador del toreo ofreció un tratado de tauromaquia en el marco histórico del anfiteatro romano nimeño. José Tomás nos dejó la pupila abierta de admiración. Encandiló, desató el delirio al cuajar quizá las mejores faenas vistas en un ruedo. Belmonte, Joselito, Manolete, Paco Camino…. nunca lograron torear como el genio de Galapagar. Lo sucedido en Nimes es un copyright de José Tomás (incopiable por ningún otro torero). Zapatillas clavadas en la arena, cintura rota, muñecas prodigiosas, terrenos prohibidos. O sea, el toreo. Como dice Luis Abril, creador del “Premio Paquiro”, la humanidad se divide entre el reducido grupo de personas que vimos a José Tomás torear en Nimes y el resto de mortales.

Abrió mágicamente el capote con su compás de piernas, con toque belmontino…..Esculpió en el aire saltilleras, caleseras, navarras, chicuelitas, faroles, gaoneras, tafalleras, verónicas, redondos, naturales, manoletinas, pases de desprecio, trincherazos…; tirando del toro con suavidad, con mimo, con temple; cargando la suerte con valor y sentimiento. Cada pase fue una creación exclusiva del arte de torear. La máxima expresión del toreo. Con la espada lució el temple legendario de Frascuelo o Mazzantini. Aún me estoy frotando los ojos. Ese capote recogido, caído a plomo que utilizó para dar unos redondos como si fuera una muleta. Inenarrable. El acabose. Aún estoy ronco de gritar: ¡Torero, torero, torero!. Fue la obra maestra de José Tomás, la cumbre inalcanzable. Toreó tan despacio que cuando el toro salía del pase parece que saliera del taxidermista. Ahí tenéis: tomás y aprended todos de él. Mientras saboreaba su toreo, pensé: “Si Dios fuera torero, se llamaría José Tomás”.

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