La Voz de la Sierra

Martes, 24 de Octubre de 2017

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El Tejo de Rascafría

Texto de Gloria Díaz Llorente. Plumilla de Julián Redondo.

2014-10-07
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Cuentas tu edad por siglos y te pierdes. Nosotros también: entre 1.000 y 1.500, algunos, tomando cierto impulso, dicen que tienes hasta 1.800 años de edad. Posiblemente seas, junto al Drago canario, el árbol más viejo de España.

Sobrevives gracias a saber qué carácter el tuyo, a que al estar situado en una zona alta y fría los insectos apenas te atacan, a que quienes saben te cuidan y los que no, lo tienen difícil para encontrarte. Habría que sumar una suerte añadida difícil de descifrar.
Venerable, eres como de cuento de mago anciano, de bruja buena. Parece ser que te partió un rayo. A saber qué batallas más has tenido que lidiar hasta volverte tan lírico. Como muchos árboles milenarios, estás hueco. Me dejas entrar y bulle algo que me deja sola y libre, que me acerca a la tierra y al privilegio del misterio. Dentro te crece una rama inquietante que podría estar colgada en una buena exposición de escultura contemporánea. Encierras un vacío atado, contemplador de caos y evidencias.

La especie a la que perteneces, el tejo común, es en la actualidad un árbol escaso y austero que puede pasar desapercibido. Sin embargo, es uno de los árboles que más ha intervenido en nuestros mitos, en nuestras memorias, en la biografía occidental. Cuenta la leyenda que el arco de madera de Robin Hood estaba construido con madera de tejo, que los bastones con los que los druidas se anticipan al porvenir eran ramas de tejos, que otro arco, del mismo material, lanzó una flecha por la que subieron al cielo todos los animales representados en las constelaciones del firmamento.

Admiro las culturas que tienen un trato familiar con la magia. Como la celta que, relacionando longevidad y divinidad, consideró el tejo un árbol sagrado. Los celtas creían que cada árbol albergaba un espíritu sabio, bueno, cuyos rasgos podían verse en la corteza, cuyos pensamientos podían escucharse cuando el aire agitaba las hojas. El tejo reafirmó su condición sacra cuando el cristianismo le sumó sus propios símbolos, levantado ermitas, iglesias y cementerios a su vera.
Divino y peligroso. Puede sanar o puede matar. Exceptuando sus bayas, contiene taxina, un potente veneno que se hizo famoso por utilizarse como forma de suicidio ante la conquista romana. Paraliza el sistema nervioso central, dispara el pulso para ralentizarlo de forma caprichosa luego y remata tajante con parada respiratoria. Los gatos son inmunes. A los gatos, que como a los tejos, les gusta esquivar la humanidad.

Y al mismo tiempo, hoy, se extraen del tejo los precursores químicos para llegar al taxol, un potente agente con valiosas propiedades para el tratamiento de distintos tipos de cáncer.

El lento crecimiento de los tejos, la gran calidad de su madera rojiza, tan fuerte como elástica, la toxicidad para el ganado, la restringida germinación de las semillas han provocado que el tejo haya sido muy talado. Pero tú no, aliviado porque te van quitando las ramas secas que te ahogan, sin iglesias al pie ni grandes fotografías mantienes esa sencilla razón de hoja perenne y copa densa.
Me obligas al respeto. Tú respiras lo que yo llamo eternidad.

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