La Voz de la Sierra

Lunes, 23 de Octubre de 2017

culturaEl Escorial

Matías López

Texto: Gloria Díaz Llorente. Ilustración: Julián Redondo.

2013-10-21
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Sea el siglo que sea, la modernidad está en el placer. Y el placer, resumiendo, en el chocolate. Matías López ya debería saberlo sin saber, cuando a los quince años abandonó Sarriá, descubriendo atónito Madrid, con sombrero y zuecos.

De los zuecos a estudiar. A trabajar en un fábrica de chocolates. En 1851, con veintiséis y ahorrando asceta 6.000 reales, comprará un molino pequeño de chocolate en la calle Jacometrezzo y lo apostará todo y no podrá con los brazos, los cucharones ni con el sueño y dormirá agotado más de una vez debajo del mostrador.

Generando la demanda de su producto, inventando un sistema de marketing comercial, cuando todavía no existía el marketing: antes de que su chocolate saliera al mercado, envió a sus amigos y familiares, a unas señoritas por los coloniales, por los ultramarinos de Madrid, pidiendo el inigualable chocolate de Matías López, que nadie conocía. A los dos meses se presentó él y los tenderos se lo quitaban de las manos. Olé.

Viajes por todas la chocolateras españolas y europeas. Confianza absoluta y obsesiva por mejorar la maquinaria, por hacer más llevadero el trabajo. Y entonces, un saltar de edificios buscando la seguridad en los talleres y un derribar inmuebles y levantar plantas y los últimos retoques de su gran fábrica, que al comenzar la década de 1860 ya distribuía 4.600 kg diarios y se arriesgaba con chocolates especiales.

En nada, capaz de multiplicar por cuatro su producción, de trasladar varias veces el taller, capaz de elaborar el mejor chocolate de España obteniendo catorce medallas, capaz de entrar en la vida política y de arriesgarse a salir de Madrid y apostar por comprar, en 1874, una antigua refinadora de azúcar y destilatoria de melazas junto a la estación del Escorial. Un Escorial que, desde entonces, tú me dirás, si no huele a chocolate.

La fábrica, nueva, modernísima, con su barrio obrero de viviendas dignas, con su educación gratuita para los hijos de los trabajadores, el seguro de enfermedad, su ayuda a las viudas, a la jubilación y su Sociedad Cooperativa de Obreros. Matías López, chocolatero y burgués. Avanzado a su tiempo.

Miro fotos, el gran salón de máquinas, las chicas de la sala de empaquetado, las máquinas de vapor, el almacén, la estación del ferrocarril vista desde la calle de Santa Rosa. Los obreros con mandiles, grandes bigotes y cara seria. Porque antes, para lucir bien en las fotos había que salir serio. Y ellas, el pe-lo recogido y las manos en el regazo. Unas manos que tan pronto hacían y deshacían chocolate como se persignaban ante el Sagrado Corazón.

Los carteles publicitarios de Francisco Ortego Vereda, con sus gordos –después de tomar chocolate-, sus flacos –antes de tomar el chocolate– y sus estilizados –los que toman dos veces al día chocolate de López. Genial.

Las vendedoras salían de sus quioscos para ofrecer bombones y dulces a los viajeros en las parada largas de los trenes, mientras el intachable D. Matías ponía el nombre de una mujer, Juliana, que no era la suya, a la calle de su fábrica. Brillante y lúdico. Son los efectos secundarios cuando a uno le apasiona El Escorial. Y el chocolate.

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Comentarios (1)

Oribio 2013-11-20

Matías López no abandonó Sarriá, sino Sarria (Lugo), donde había nacido.

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