La Voz de la Sierra

Martes, 25 de Septiembre de 2018

culturaCollado Villalba

Cine El Paraíso

Texto: Gloria Díaz LLorente. Plumilla: Julián Redondo.

2013-10-07
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Entonces se llegaba con tiempo al cine, porque no se tenía prisa, o las prisas eran otras. Y porque no había mucho más adónde ir. En Villalba, hasta que se estrenó el cine Alvasán, se iba a El Paraíso, que fue arrendado al señor Miguel para su explotación como cine y local de baile desde 1946 hasta 1967.

Los precios, casi el doble abajo que en el anfiteatro. Las sesiones eran los jueves, los sábados y los domingos. Excepto en Navidad y en Semana Santa, que se abría solo para visionar alguna película de carácter religioso. El escenario era excepcional y también servía como teatro. Al principio, las sillas eran de tijera y, más tarde, ya se instalaron butacas abatibles, de madera y tapizadas en rojo. A tu asiento, te acercaba el señor Hueso con la linterna en la mano, o te sacaba de él. Según te portaras. En el anfiteatro, los asientos eran bancos de cemento corrido. Muy fríos. Antes de la función, el acomodador pulverizaba la sala con una especie de ambientador cuyo olor muchos aún recuerdan perfectamente.

Las películas venían de Madrid. En aquellos tiempos duraban mucho en cartelera, por lo que se proyectaban con pequeñas motas blancas y muy arañadas de tanto pase. Incluso, en ocasiones, se quemaba la película y se fundía el fotograma de manera inquietante, la pantalla se quedaba blanca y el público abucheaba porque había que arreglarla y esperar. O los rollos de la película no se ponían en orden, y los que morían nada más empezar, estaban vivos una hora después. Ni punto de comparación con las de ahora y, sin embargo, la magia del cine sí que estaba allí.

El público, ávido de emociones, veía las películas del oeste, a Johnny Weissmuller –el “tarzán verdadero”–, Los diez mandamientos, las primeras misiones de James Bond o a Bette Davis en ¿Qué fue de Baby Jane? Daba igual estar ante una obra que años más tarde se consideraría maestra o de culto o ante una de serie b.

Lo veían todo. O no. Porque en una España donde los besos estaban censurados y se suprimían con un corte y pega en la película, en la última fila de abajo, en la “de los mancos”, se miraba poco la pantalla. Una censura tan torpe que, para ocultar el adulterio de Grace Kelly en Mogambo, provocó, sin saber ni pestañear, un incesto. La tragedia se desencadenaba en el film y nadie entendía por qué.

El cine era algo social. Los movimientos estaban estipulados. Los niños y los menos pudientes en el gallinero. Los más acomodados en las butacas de abajo. Si ibas con tus padres abajo, si ibas con tu prima, arriba; y con lo que te ibas ahorrando sacabas para tus gastos. Con tu hermano, arriba. Con la novia, a las últimas butacas de abajo. Que la relación era ya muy formal, a las filas de en medio donde no te importaba que se te viera bien.

Antes de la película, se proyectaba el obligatorio NO-DO, con las imágenes repetidas hasta la saciedad de Franco inaugurando embalses, intentando trasmitir una idea de prosperidad casi imposible de contrastar por parte de los asistentes. Unos espectadores que, si eran hombres, cuando había un incendio, como el de El Campillo o el del Cerro del Telégrafo, eran reclutados “voluntariamente” por la Guardia Civil para ir a sofocarlo.

Y pese a todo, la gente, los besos, la vida, los apretujones, las peleas en el gallinero, las pipas lanzadas desde arriba y los aplausos cuando aparecía, por fin y una vez más, el Séptimo de Caballería.

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Comentarios (2)

saludos 2013-10-08

Que pasada de artículo has escrito Gloria, eres genial!. La plumilla espectacular. Mi más sincera enhorabuena.

Gloria Díaz Llorente 2013-10-09

Muchas gracias por el piropo, muy desmesurado. Pero sobre todo, muchísimas gracias por leernos. Gloria y Julián.

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